La composición del cuerpo | Jacobo Villalobos

03 | 02 | 2022
La composición del cuerpo | Jacobo Villalobos

“(...) aunque todavía joven, me aproximo,
sin dudarlo, al término fatal de mi existencia”.
Herculine Barbin

Podría empezar diciendo que narraré la historia de un crimen. Que de cierta forma es la historia de una mutilación, de una herida. Que mi vida se tornó confusa y dolorosa desde que me desnudé frente a Hernán. Aunque a veces creo que fue antes. El día en que me acerqué a una mujer, sentada a la mesita de un café, que resultó ser la esposa del artista.

Yo tenía doce años y vivía la mayor parte del tiempo en la calle. Dejaba el refugio temprano por la mañana y deambulaba sin rumbo por las avenidas. En ocasiones pedía algo para comer, alguna limosna, a las parejas que paseaban por las plazas, a alguna viejita que alimentaba a las palomas, a empresarios que tomaban un brunch. Me detenía frente a ellos con gesto de inocencia, un puchero sutil. En esos momentos, más que en ningún otro, me sentía como alguien completamente extraño. Las personas se fijaban en mí por tan solo un instante y luego volvían el rostro con una mueca de desagrado. O temor. Y eso me hacía pensar en las pocas veces en que mi madre me había hablado, cuando me llamaba “niño raro”. La gente huía, y no era por mi suciedad. Me esmeraba por estar limpio. Era otra cosa. Algo en mi rostro, en mi mirada, que a ellos les estremecía sin importar la delicadeza con la que yo me acercara. Pasé mucho tiempo ante los cristales de las vitrinas, examinando mi apariencia, sin encontrar nada fuera de sitio. Mi rostro lucía normal. Incluso demasiado normal: tan común como la delicadeza en las facciones de una mujer, o como la estructura firme de los hombres que veía andar por el bulevar.

Casi siempre estaba yendo de lado a lado sin nada concreto en mente. Había tardes en las que, de pronto, me encontraba con mi madre. Ella se sentaba en alguna esquina y extendía la mano: “Una colaboración, por favor”. Pero yo prefería evitarla, así que, cuando la advertía a la distancia, me apresuraba a perderme por alguna vena de la ciudad.

Fue durante uno de esos recorridos que conocí a Hernán. Yo hablaba con una mujer sentada a una mesita redonda de un café. Mientras extendía mi mano en señal de solicitud, ella me devolvía una sonrisa. Hizo amago de abrir la cartera y yo me dispuse a recibir lo que fuese. Pero nos interrumpió una voz ronca, cavernaria, que se quedó tatuada en mis oídos: “¿Quién es nuestro amigo?”. Alcé la mirada. El hombre llevaba una tacita de café en cada mano. Su piel era pálida y estaba moteada por algunos lunares. Cubría sus ojos con unos gruesos lentes de sol. Yo me quedé petrificado. El hombre se inclinó y sentí que sus pupilas, tras los cristales, se habían clavado en mí. En un instante, sus ojos recorrieron mis facciones: lo sentí moverse rápido por mi piel. Pensé que, como otros, estaba tratando de encontrar aquello que estaba descolocado en mi rostro. Me indicó que los acompañara a desayunar. Pero yo me di la vuelta y corrí calle arriba hasta que dejé de sentir aquella mirada.

Al día siguiente, dudoso, volví al café. Como si me hubiese estado esperando, advertí al hombre del día anterior. Estaba sentado a la misma mesa, pero sin compañía. En esa ocasión, se cubría la calva con un sombrero tejido. Usaba los mismos lentes negros, lo que le daba a su rostro un aire de ausencia. Me acerqué a tientas y me detuve a su lado. Con lentitud, giró su cabeza hacia mí, y, sin pronunciar palabra, con un gesto de mano me invitó a sentarme con él.

Se llamaba Hernán y era pintor. Un artista. Pero que no pintaba desde hacía mucho. “Al menos no algo que valga la pena”. Llamó al mesero, pidió dos cafés y una torta de chocolate para mí. Yo me sujetaba a la silla y me relamía los labios. Tras unos segundos de silencio, cuando ya yo tenía la boca llena de crema de chocolate, Hernán habló sin tapujos y me ofreció un trabajo. “Quiero retratarte. Pienso hacer una colección de cuadros usándote como modelo”. Pero yo no comprendí. “No sé si funcionará, pero podemos tratar de hacer un par de bocetos y ver qué ocurre”, continuó él.

“Y te pagaría por ello, claro”.

Así que, sin pensarlo demasiado, acepté.

Y esa misma tarde me adentré en su estudio.

Quedaba en la parte trasera de su casa. En una habitación, vi de reojo a la mujer que lo había acompañado la vez anterior. Hernán atravesó los pasillos sin detenerse y yo lo seguí de cerca. El estudio era un cuarto grande, espacioso, de paredes deslucidas y ventanas enormes. Contra los muros, estaban varios mesones manchados de pintura y, al fondo, un montón de lienzos con dibujos sin terminar, a medias y, otros tantos, rotos. Hernán me dijo que me parara en el medio de la habitación y me quedara quieto. Y yo obedecí. Sin embargo, mis ojos siguieron moviéndose convulsos: inspeccionando cada esquina de aquel cuarto. Tomó una silla y se sentó a unos metros de mí. “Muy bien, yérguete, con la espalda recta, y mírame a mí”. Ambos nos estuvimos observando por lo que se sintió una eternidad. Él entornaba los ojos y sus pupilas eran como taladros. O, más bien, como una red con la cual me envolvía. A veces separaba los labios, como si fuese a decir algo, pero de él no salía ninguna palabra, sino tan solo un aura severa. En un momento, moví la mano para rascarme la nariz. “Que te quedes quieto”, espetó con esa voz que era como rumor.

Al cabo de unos minutos, Hernán me dijo que así estaba bien… que ahora me girara hacia la derecha. Aquello se repitió con cada uno de mis ángulos. Él me indicaba que rotara poco a poco y él tan solo se quedaba ahí, sentado, captando todos mis detalles. Sentía un cosquilleo en el estómago. Estaba inquieto. Era la primera vez que alguien se fijaba tanto tiempo en mí. Y eso me hacía sentir parte de algo, pero también que me perdía, me perdía, y todo se tornaba confuso.

Finalmente, cuando completé una vuelta entera, Hernán me dijo que tomáramos un descanso. Entramos en la casa, donde la mujer me sirvió comida, galletas, una taza de chocolate. “Tienes una mirada adorable”, me dijo, y me pellizcó una mejilla. Luego, dirigiéndose a Hernán: “¿Cómo lo ves?”.

“Creo que hay potencial”, respondió. “Tiene rasgos atípicos, aquí y aquí, fíjate, esto es muy particular. No lo había visto antes”. Mientras hablaba, como si yo fuese un adorno, señalaba mis facciones, los contornos de mi rostro. Yo estaba completamente intimidado.

“Bueno, quizá una musa así era lo que te hacía falta”, concluyó la mujer y me dedicó un guiño.

Al volver al estudio, la tarde caía y por las ventanas entraba una luz púrpura. Hernán se volvió a sentar y señaló, una vez más, el centro de la habitación. Se llevó la mano a la barbilla, meditabundo. “Basta de preámbulos”, sentenció. “Quítate la ropa”.

Me negué, hice amago de irme corriendo, le dije que no volvería. Pero Hernán, impasible, repitió que me desvistiera. Su voz, de nuevo, era un rumor cavernario. Más bien un grueso alambre que penetraba bajo la piel.

“Si no, no podré retratarte”.

“Si no, no te pagaré”.

“Si no, ya no habrá galletas ni chocolate”.

Y poco a poco, trémulo, empecé a quitarme la camiseta.

Me miró desconcertado. Sus ojos estaban completamente abiertos y su rostro se había tensado. Separó los labios, como si fuese a decir algo, pero de él no salió ningún sonido. Así supe que había encontrado algo inesperado. El punto exacto de mi deformidad, la raíz de mi diferencia y mi particularidad. Así como yo lo haría tiempo después, Hernán examinaba los dos sexos que crecían entre mis piernas. De mi vulva brotaba un miembro completo. Allí donde debía estar mi clítoris, se erguía un pene. Y en su base, donde usualmente se encuentran los testículos, yo tenía una vagina perfectamente formada. En la mueca del pintor descubrí que mi extrema normalidad estaba en duda, y temí que aquello que me separaba de los demás fuese, quizá, algo profundo y real.

Y eso era algo que no había pensado sino hasta ese momento, en el que vi el rostro atónito de Hernán.

Se repitió de nuevo el mismo proceso. Me hizo girar lentamente, aún más que la primera vez. Yo sentía que algo había cambiado y me parecía que él me estudiaba de una forma que no podría precisar. Estuve tentado a cubrirme, a tomar mi ropa y marcharme. Entre los dos se había asentado un clima agresivo. Me sentí en las profundidades del mar, en donde no alcanzaba a ver nada, al tiempo que un millar de depredadores me rodeaban.

Era mi carne frágil. Moviéndose como el minutero de un reloj.

“Bueno, así está bien”. Al culminar la ronda, Hernán juntó las manos y me dijo que iniciaríamos el trabajo cuanto antes. Se levantó de su asiento como si estuviera exhausto, y se marchó con paso lento.

Solo entonces pude vestirme de nuevo.

Al día siguiente, me hizo modelar mi cuerpo y flexionarme en posiciones incómodas en las que se exhibían partes de mí en las no solía pensar. Mis omóplatos amenazaban con saltar de mi espalda, mis caderas se abrían, mis dedos se doblaban entre sí y mis sexos quedaban aislados, perfectamente delineados. Había dormido en una habitación desocupada de aquella casa. La esposa de Hernán, Connie, me había preparado desayuno y había comido con ellos. Ella me ayudó a asearme y me vistió con ropas cómodas que me quedaban demasiado grandes. Así que no protesté: me doblé tanto como el artista deseaba.

Mi cuerpo, una plastilina.

Hernán me dio una docena de instrucciones. Me dijo que aquello era para “entenderme”. “Debo ser un experto en tu cuerpo”, me explicó. “De lo contrario no podré replicarte en el lienzo”.

Después de varias horas, se levantó de su asiento. Como si fuese una marioneta, me tomó por los hombros y deslizó sus manos por mis brazos. Con la punta de sus dedos recorrió varias veces mis extremidades. Palpándolas, comprobando su textura y su dureza. Sujetaba mis brazos ante sus ojos, los presionaba, torcía la piel. Y mi respiración agitada, mi rostro desconcertado. Se arrodilló e hizo lo mismo con mis pies, mis piernas, la cara interna de mis muslos. Arriba y abajo. Adentro y afuera. Quería llegar hasta el hueso y ver de qué estaba hecho.

“Gírate y dobla la espalda. Eso, déjate caer hacia adelante. Mira el piso”.

Mi columna, mis costillas. Paseó sus pulgares por mi torso y los afincó entre los espacios de mis vértebras. Cada vez más, más, más, hasta que sentí que iba a quebrarme, o que sus dedos atravesarían mi cuerpo, y emití un quejido que lo detuvo.

“Veme a los ojos y párate firme”. Sus pupilas claras, como dos lupas.

Lanzó una mano veloz y sujetó mi miembro. En ese momento, un frío me tensó la espalda, apreté los dientes y cerré los ojos. Pero en la oscuridad de mis párpados podía discernir cada uno de sus movimientos. Entre sus dedos detalló mi sexo, tocándolo en todo su largo. Lo sostuvo por un momento que me pareció eterno. Con el pulgar lo presionaba. Pellizcó la piel. Con la otra mano, palpó la textura de mis labios, haciendo círculos con las yemas de sus dedos. Mi rostro se había constreñido y todo mi cuerpo estaba en tensión, como si un cable me atravesara la espalda. La separación. Una evaluación de mi composición. Un dedo, luego dos que sin aviso se hundieron en mí. Giraron, se deslizaron, movieron mi carne. Amenazaron con tomarme el estómago y revolverme las entrañas.

Y, de repente: “Listo, hemos terminado”.

Abrí los ojos con lentitud, casi temeroso. La oscuridad exterior ya penetraba por los ventanales y, bajo esa luz mortecina, el estudio se había convertido en pura sombra.

Mientras que Hernán, en toda su claridad, parecía estar hecho de hielo, Connie irradiaba calidez. Ella me consentía, me hacía cariños, jugaba conmigo. “No está siendo muy severo contigo, ¿verdad?”.

Durante el día, me escabullía entre los pasillos de aquella casa. La cerámica del piso recordaba a la de un tablero de ajedrez. Las paredes estaban pintadas de amarillo, otras de blanco y otras tantas de azul claro. Había varias habitaciones desocupadas, en las que se encontraban maderas desordenadas por el piso, polvo en las esquinas y lienzos apoyados de las paredes. En las ventanas, dentro de macetas de colores, crecían plantas muy finas: de tallos frágiles y hojas grandes. Por momentos, me da la impresión de que la casa no tenía fin, porque los cuartos parecían moverse de lugar, o cambiar según la hora del día. A veces lucían como enormes espacios abiertos y otras veces eran sitios estrechos, fríos y abandonados.

Mi pieza no tenía puerta, el umbral lo marcaba una tela vinotinto. La cama estaba en una de las esquinas, y había un closet con ropa que no era mía —pero tampoco de Hernán o Connie—. De la pared colgaba un crucifijo y también un espejo circular demasiado alto como para poder verme. Allí podía escuchar, clara y distinta, la llamada de Hernán, que se extendía y reverberaba en los pasillos. Un sonido fantasmal que me acorralaba: “Ven. Ya es hora”.

El pincel pintó en negro sobre blanco y todo quedó suspendido. Desde mi posición torcida adivinaba los movimientos de Hernán tras la tela: su brazo se desplazaba de lado a lado como una máquina de escribir. Ocasionalmente alzaba la mirada, ojos de cristal, y me perfilaba. El dorso de mis manos se apoyaba de mi cintura, mi espalda estaba doblada hacia adelante, mi cabeza en horizontal. “Junta las piernas, y separa la punta de los pies”, me indicó de repente. De esa forma mis sexos sobresalieron de entre mis muslos. “Perfecto”.

“Ahora no te muevas”.

Desde donde estaba, me parecía que todo había muerto, a excepción del artista. Hernán y la tela vibraban mientras que todo lo demás daba la impresión de estar fijado en óleo. Más allá de la puerta del estudio, la casa se había convertido en una postal. Y yo, quieto, me sentí desvanecer: desbordado por la pintura.

Al cabo de varias horas, Hernán dejó los pinceles sobre la mesa. Tomó distancia, entornó los ojos y, sumido en un largo mutismo, examinó el cuadro. Sus pupilas moviéndose de lado a lado. Al terminar, asintió para sí mismo, se levantó y se detuvo en el umbral del estudio para respirar el aire de la tarde. Poco a poco, empecé a moverme, a relajar mis articulaciones. Caminé a tientas y, como quien se acerca a un animal feroz, lleno de curiosidad e intriga, me detuve frente al lienzo. En trazos negros y espesos estaban el contorno de mi espalda, mis costillas, mi columna… que se cortaba de golpe al llegar a mi cabeza. A los laterales, como un par de alas miniatura, se perfilaba el inicio de mis brazos. Todo en negro contra blanco, allí estaba la profundidad, y mi extrema fragilidad aparecía en las diferentes intensidades de ese contraste. En ese momento, me pareció que aquello era lo más precioso que había visto, la única muestra de creación que había experimentado en mi vida. Así que me quedé absorto, tomado por aquella imagen que era yo.

Pero entonces fue el aullido del artista. “No, no, no”. Hernán me apartó, tomó el cuadro con ambas manos y le dio la vuelta. Girándose hacia mí, con ojos furiosos, alzó la voz: “No te he dado permiso para verlo”.

“De hecho, no tienes permiso para ver nada. Ninguna de mis piezas. Nada”.

Me apuntó con su dedo y acercó su rostro al mío: “Que te quede claro: son mías y solo podrás verlas cuando yo lo considere”. Sentí que me encogía y me precipitaba hacia el piso, que el cuarto se había hecho enorme. “Si no, tú y yo hemos terminado. Te regresas a la calle”. Abandonó el estudio como una tormenta: embravecido, pisando fuerte.

Por la noche, Hernán no nos acompañó a cenar. “Ya se le pasará”, dijo Connie, al tiempo que mordía un pedazo de pan con mermelada. “Es muy celoso con sus obras”. Dejó que el silencio flotara en el aire, pero yo lo entendí con claridad: no volvería a ver su trabajo y lo que el artista hacía con mi cuerpo tendría que permanecer en secreto.

Se sucedieron las semanas y, con ellas, sobrevino el agotamiento. Por momentos pensaba en que la mejor opción era fugarme, pero la presencia de Connie, y sus cuidados, me disuadían. “Nada de esto es tan malo”, pensaba entonces. Sin embargo, mientras posaba, sentía el infierno. Mis articulaciones entumecidas, el aburrimiento de ver el día transcurrir por la ventana y la mirada de Hernán que, aún después de tantos días, seguía intimidándome.

Mientras tanto, los cuadros se iban acumulando uno tras otro en un rincón del estudio. Él los cubría con una tela negra y cuidadosamente los apoyaba de la pared, apartados de cualquier cosa. Allí se agrupaban lienzos pequeños, grandes y enormes: más de un metro de alto. A veces daba por terminada una pieza en cuestión de un par de horas, pero también podía pasar varios días sin cambiar de tela. En esas ocasiones, notaba su fatiga y me parecía que los abandonaba por desgano. También, entonces, sentía más que nunca el desgaste de mi cuerpo.

Recuerdo que hubo días en los que Hernán dijo que no me necesitaba. Durante esas tardes pasaba las horas corriendo por la casa, acostado en el regazo de Connie o jugando con alguna rama caída y las hojas de los árboles.

Pero él pintaba.

En mi ausencia, seguía haciendo esbozos.

Aun sin yo estar presente, él evocaba mi existencia para petrificarla. Así que podría decir que, durante ese tiempo, yo era más de él que de mí mismo.

La última vez que posé ante Hernán me senté de perfil al pintor, con una pierna estirada y la otra flexionada. Con mis extremidades hacía un triángulo, en el que el único relieve era el encuentro de mi par de sexos. Mi torso estaba ligeramente inclinado hacia la derecha, hacia el lienzo, y me apoyaba del codo. Mi cabeza, en ángulo, apuntaba por encima del cuadro, pero mi mirada se dirigía hacia Hernán. Mientras, él mantenía los labios fruncidos y desplazaba el pincel con velocidad de vértigo, haciendo trazos que yo adivinaba violentos. Esbozó mis muslos, la rodilla, el pie. Ahí estaba el triángulo, y entonces círculos, curvas, una recta larga, otra corta, un punto, dos punto y de repente algo sin geometría.

Cuando terminamos, ya era entrada la noche y Hernán parecía haber envejecido varios años. Se dejó caer en la silla, cerró los ojos, sus brazos colgando hacia el piso. No dijo nada, solo pareció desfallecer. Yo, por mi parte, me quedé quieto, esperando a que él reaccionara. Y al final tan solo se levantó, apagó la luz del estudio y se marchó, encorvado y arrastrando los pies, dejándome solo en aquel cuarto oscuro.

Después de eso, no salió de su habitación en varios días. Y cuando lo hizo fue solo para comer, estirar las piernas y desperezarse.

Durante esos días, Connie fue más atenta de lo usual y sus mimos me dieron la mayor de las alegrías. Sentí que finalmente había atravesado una prueba y que había resultado intacto. También, que las horas de tensión, como un acuerdo tácito, habían terminado y que ahora venía la tranquilidad. Lo cual me produjo una repentina emoción por el futuro.

Al culminar su encierro, tras casi una semana, Hernán abrazó a Connie y sonrió.

Ella me llevó a una barbería, donde me cortaron el cabello. Me compró una camisa manga larga, un pantalón de tela fina y zapatos satinados. “Se aproxima una noche muy especial para todos”, me dijo. “Y tú eres la estrella”. Mientras me probaba atuendos, Connie asentía o negaba, hablaba con la vendedora y le comentaba acerca de mi rostro, mi personalidad, mi buen comportamiento. “¿No le parece de lo más singular?”, la escuché decir. “Y, lo juro, lo encontramos en la calle. No, no. Ninguna mala costumbre. Es completamente manso”.

De regreso a casa, me preguntó si alguna vez había visto una exposición. Yo la miré con gesto interrogante y ella, como otras tantas veces, me dedicó una sonrisa cándida. “Bueno, las exposiciones, en especial la noche de apertura, son como galas, y son fantásticas. Ya verás”.

Esa tarde Connie había hablado con claridad: yo era la estrella, me vestían para mi exhibición. La exposición de mí mismo. Pero yo no había comprendido.

Un par de noches después me encontré en una sala enorme. Estaba rodeado de hombres y mujeres con trajes y vestidos, chaquetas de tweed, colgantes dorados, relojes grandes. Entre ellos se colaban un par de mozos que llevaban bandejas con copas largas y algún canapé. Uno de ellos se inclinó y me ofreció “algo para el caballerito”. Yo tomé de la bandeja con las dos manos.

La estancia estaba iluminada por bombillos blancos. El piso era de madera. Más allá, en un podio improvisado, de espaldas a un telón vinotinto, una mujer vieja pronunciaba palabras incomprensibles para mí. “Manejo de los claroscuros”, “delineados densos”, “tintura perversa”. “Como Schiele o Lucian Freud”. Y entonces tomó la palabra Hernán. Estaba sonriente y lucía esbelto en su traje inmaculado, perfectamente alineado. A su lado, Connie, de mejillas enrojecidas. “Este es el fruto de un trabajo lento, agotador, pero, sobre todo, interesantísimo”. Habló de nuestro tiempo juntos, de nuestras dificultades, de sus frustraciones y de todos aquellos lienzos que yo no había visto. Pero en ningún momento me mencionó. En todo caso, se refirió a mí como “el modelo”, destacando mi “curiosa procedencia” y “particularidad”. La gente asentía, me observaba con disimulo, no emitían ningún sonido: todos atentos al artista. Tras un largo momento, Hernán tomó a Connie de la mano. “No les quitaré más tiempo”. “Es mi orgullo presentarles ‘La composición del cuerpo’”. Dejaron caer el telón y el trabajo quedó al descubierto. Se sucedieron aplausos. El artista veía alternativamente a la pintura y al público, y a veces a mí. Me miraba, fruncía los labios y me asentía. Yo, como los demás, empecé a aplaudir. Aunque estaba desconcertado. Ahí, ante todos, estaba yo. Yo delante de mí mismo. Pero sin ser del todo yo. Colgada y exhibida, era la que había visto hacía tanto, la tela que retrataba los contornos de mi espalda. Tan solo una fracción deformada de mi cuerpo. Noté que todos se concentraban en los trazos y eso me hizo sentir observado: en evaluación. Un revuelo, manos que iban y venían. Al cabo de varios minutos, la presentadora le indicó a los asistentes que pasaran a la sala contigua y todos se fueron en un tropel de pasos. Pero yo me quedé un rato más. Mis vértebras, mi columna, mis brazos como alas pequeñas.

Avancé a la estancia siguiente. En ese segundo espacio, idéntico al primero, se exhibía un conjunto de piezas. Contra la pared, dispuestos de forma estratégica, estaban varios estudios que retrataban un ojo, una mano, una pierna, la mitad de un torso… todo separado por algunos centímetros. Desde lejos, parecían emular el cuerpo de una persona. De cerca, allí no había nada realmente humano. Solo una agrupación de partes con vida propia, que nacían naturalmente en la tela. Y en medio, entre el torso y las piernas, un vacío. Un espacio abierto en el que había pura pared blanca. Tragué saliva, sentí mi corazón latir. Mis ojos se movieron convulsos. Me examinaba y descubría que aquello en la pared no tenía nada que ver conmigo.

Antes de seguir adelante, a la saga de las personas que me dejaban atrás, me volví y allí distinguí un esbozo que no había advertido antes. En la pared de enfrente, con toda la sala de distancia, estaba una pequeña pintura en la que aparecía un pene miniatura. De apariencia débil, con una piel que lucía muerta. Se ubicaba justo en el sitio que debía tener en la composición del cuerpo, solo que en la pared equivocada. De esa forma todo parecía estar descolocado y desarmado. Y la distancia era un abismo. “Aquí está mi estrellita”, escuché que decía la voz de Connie, detenida a mi lado.

“Te habías perdido”

“¿Qué te parece? ¿Verdad que Hernán es muy talentoso?”

Y después, tras una pausa: “Toda esta gente vino por ti. Y, bueno, por él también”.

“Pero sobre todo te ven a ti”.

Finalmente llegué a la última estancia, en donde se reunían todas las personas. No había rastro ni de Hernán ni de Connie. Allí, bajo la pregunta: “¿Dos cuerpos?”, escrita en la pared, se levantaban un par de cuadros enormes. Los más grandes de la exposición. En uno de ellos se perfilaba, por primera vez, mi cuerpo entero. Allí estaban mi cabeza, mi pecho, mis caderas, mis tobillos… Pero entre mis piernas solo había un sexo. En el retrato yo tenía un pene y dos testículos, que se mostraban con obviedad. De hecho, estos eran el centro de la composición. Miré hacia la izquierda. En el lienzo contiguo ocurría lo contrario: tenía un solo sexo, tan solo uno, y este era femenino. Yo me mostraba, en la misma pose, pero con una vulva perfecta, asombrosamente detallada. En medio del ruido, de las voces y los murmullos, nadie advirtió que respiraba agitado y me quejaba por lo bajo. Fruncí los labios, miré alrededor, perdido. El artista había hecho de mi cuerpo un enigma para mí. Sin haber sangrado, me había mutilado y la escisión era grande como una herida abierta.

Pero muda, e inadvertida.

En ese entonces no pude entenderlo. Solo tiempo después comprendí la interrogante: “¿Dos cuerpos?”, y que en esa pregunta se adelantaba lo que sería el resto de mi vida. Las miradas extrañadas. “Niño raro”. El momento en que noté los senos que crecían en mi pecho plano. Ver los letreros de los baños y no saber… La veces que me desnudaron a la fuerza. Que jugaron con mi diseño: “¿Qué tienes aquí?, muéstranos”, como si fuese un experimento. Leer “Se busca empleada” y pensar que quizá, que podría ser, pero no del todo. Los jóvenes en el parque corriendo tras de mí, acercándose y paulatinamente dándome alcance. Probando la tierra. Hundido en ella. Los golpes, que, como mazos, doblaban mi cuerpo de la misma forma en yo me había doblado para Hernán. La distancia. Los gritos. Las heridas. Y así hasta ahora, cuando, una vez más —como siempre— me veo en el reflejo de las vitrinas y me percato de que mi imagen está deformada por los cristales. “Apártate, que alejas a los clientes”. Y confirmo que todo aquello ya estaba escrito en las obras del artista. Esos cuadros en los que, aturdido, vi cómo se quebró mi normalidad.

Intenté dar con Connie o con Hernán. Giré sobre mí mismo. Me pareció que todas aquellas miradas se dirigían hacia mí, y que estaban cargadas de compasión, curiosidad y hambre de exploración.

Lentamente me escabullí entre las personas, entre los vestidos y me fui alejando. A mis espaldas, dejaba todo aquel ruido. Mientras avanzaba, vigilaba mis pies para asegurarme de que iban por el camino correcto hacia la salida, y de que yo seguía intacto. Sentía que en cualquier momento podía deshacerme en pedazos y desplomarme en varias partes. Estrellarme contra el piso. Así que hice el esfuerzo por mantenerme entero y atravesar todas las imágenes de mis fracciones. Poco a poco, hasta que salí a la calle y pude empezar a correr, con la seguridad de que, al menos por esa noche, ya nadie más me vería.

Y de que permanecería cuidadosamente armado.